¿Estamos enfrente de una burbuja ganadera en España?

Lo siento, les voy a parecer aguafiestas pero una serie de “Buenas” noticias publicadas recientemente en la prensa me han dado frio en la espalda.


No vamos a hablar de la leche hoy, que merecerá mención aparte. Me refiero al aumento en un 13% de las exportaciones de elaborados cárnicos en el 2015 con respecto al año anterior; a que  los terceros países suponen el destino del 30% de las exportaciones españolas de porcino en auge de un año para otro en un 30% mientras que las expediciones intracomunitarias “solo” han aumentado en un 13%; España cuadruplica sus exportaciones de huevos a países terceros en 2015. Todo esto acontece después del embargo ruso. En el 2012, nuestras exportaciones de productos cárnicos ascendían a la nada despreciable cantidad de 241 millones de Euros.


Insisto, estas son aparentemente buenas noticias. En una situación de mercado difícil, tras el embargo ruso, nuestras empresas están consiguiendo aumentar su competitividad tanto en el mercado comunitario como de países terceros. Dependiendo de los sectores, nuestra producción ganadera se mantiene a pesar de la coyuntura difícil o incluso sigue aumentando.


Sin embargo, no puedo quitarme la sensación de que esto es una carrera hacia el precipicio. España no solo es un país deficitario en cereales y aún más en semillas oleaginosas. Nuestros rendimientos por hectárea son sensiblemente inferiores a los muchos de nuestros competidores con la excepción parcial del regadío pero entonces con costes de riego importantes. No olvidemos que, en la práctica, el pollo, el cerdo blanco, los huevos son cereales con patas.
 A medio plazo, nos tiene que desplazar de los mercados aquellos países productores de las materias primas más baratas y competitivos que nosotros, a menos que sepamos mantener la ventaja comparativa adquirida gracias a la gran labor de nuestra industria chacinera. Pero una ventaja comparativa adquirida se erosiona al menos que se renueve constantemente.


Esta realidad está detrás, al lado de justificadas razones ligadas a las diferencias de costes de producción inducidos por las distintas reglamentaciones, de la oposición de buena parte de nuestro sector ganadero a un acuerdo comercial con los americanos, el TTIP según sus siglas inglesas.


Distintos factores pueden sustentar una ganadería con futuro, una ganadería sostenible desde el punto de vista económico, ambiental y social. Me atrevería, sin ánimo de ser exhaustivo a plantear algunos. Uno de ellos es la movilización de los recursos forrajeros nacionales, complementado (pero solo complementado) con productos importados. Otro es la producción de productos específicos, de calidad reconocida y de precios diferenciado. También puede ser la construcción de una cadena corta, con trazabilidad reconocida, frescor y gran adaptación a los hábitos de consumo local.  No hay que despreciar la competitividad que ofrece una cadena integrada que cuanta con una industria chacinera puntera.


Son muchas y variadas las estrategias posibles, como lo son los mercados hacia los cuales podemos orientarnos  y los consumidores a los que debemos satisfacer. Pero esto obliga a una reflexión serena hoy aún posible porque los efectos más devastadores de la crisis no se han hecho todavía sentir.


El futuro existe. El futuro llegará. Si no nos anticipamos,  se impondrá con toda la fuerza de su lógica, de su mano invisible y del mercado. El futuro se construye o se padece.